Gilberto Carreño / Periodista ambiental

La vida en el planeta que habitamos requiere de una energía básica para cumplir las funciones propias de cada ser que forma parte de la  naturaleza; las plantas, los animales y la especie humana incluida, requieren de ese recurso que hacen posible su existencia y movilidad. Y así como, a partir de la radiación solar, se da inicio a ese proceso  de transferencia de sustancias nutritivas a través de los distintos organismos o eslabones que conforman la llamada cadena trófica o cadena alimenticia, en el  desenvolvimiento de nuestras sociedades precisamos de ese  impulso energético  generador  del desarrollo escogido por  cada grupo humano a escala mundial.

A través de un largo proceso iniciado desde tiempos que se remontan a la prehistoria, los seres humanos  han logrado sustraer de la naturaleza sus distintas fuentes de energía. El fuego figura como la más antigua, utilizado en la cocción de los alimentos que debía ingerir el hombre primitivo  para garantizar su subsistencia, así como proporcionar una temperatura que le permitiera enfrentar las inclemencias determinadas por los climas fríos en los ambientes que les correspondió inicialmente enfrentar y posteriormente adaptarse a ellos. La biomasa, generada por plantas y restos de animales, fue el primer combustible del cual dispuso la humanidad en los inicios de su búsqueda de facilidades para su incipiente desarrollo como sujeto social. Podemos afirmar entonces que cocedura, calor y luz, fueron los primeros beneficios de la utilización del fuego.

El agua puede competir con el fuego entre los primeros elementos energéticos naturales, pues sus corrientes y mareas en ríos y mares facilitaban el desplazamiento a través de los recursos hídricos constituidos, a su vez, en fuentes de producción de alimentos. Cabe recordar que las grandes civilizaciones de la antigüedad nacieron y crecieron junto a los ríos o cerca del mar.

Se estima que el aire, en su forma activa de viento, fue otro elemento de la naturaleza que comenzó a aprovechar el hombre, en una época que se ubica al inicio de las primeras culturas; inicialmente como fluido que impulsaba pesadas naves de vela, lo cual posibilitó la intensa actividad comercial en las culturas egipcias y sumerias,  y posteriormente mediante la utilización de molinos para facilitar la molienda de trigo en la extracción de aguas contenidas en los suelos.

Hasta aquellos momentos la energía proveniente de la naturaleza, no llegó a representar motivo de preocupación para la humanidad, pues no generaban impactos sobre el prístino ambiente; hasta que el hombre, escarbando en las entrañas de la tierra,  descubrió dos  elementos que, pese a constituirse en la base del desarrollo que comenzó a conocer el mundo especialmente desde el siglo XVII con el inicio de la revolución industrial en Europa fueron conocidos desde mucho tiempo atrás: el carbón, 1000 años a.c,  mientras que el petróleo es mencionado en la biblia como betum o como asfalto utilizado para pegar ladrillos en la construcción de la torre de Babel. También se asegura que los indígenas de la época precolombina en América conocían y usaban el petróleo, que les servía de impermeabilizante para embarcaciones.

Lo cierto es que en su aplicación como combustibles para alimentar los grandes hornos de la industria metalúrgica con el carbón y otros usos, con el carbón, así como en la generación de electricidad a partir del petróleo y sus derivados, la comunidad mundial se hizo fósil dependiente, hasta el  punto de producir en el ambiente planetario el fenómeno que hoy se conoce como  Cambio Climático Global, como consecuencia de la acumulación en la atmósfera de los llamados gases de efecto invernadero  provenientes  de la combustión de los motores alimentados por el gasoil, la gasolina y demás productos resultantes de la refinación de los crudos.

Es por ello que en el mundo de hoy, se ha planteado, en primer lugar, la sustitución progresiva de estas fuentes energéticas por otras consideradas amigables con el ambiente, como las provenientes de la radiación solar (fotovoltaica), la fuerza de los vientos (eólica)  de las aguas (hidráulica), así como del calor que emana de las profundidades de la tierra (geotérmicas) y, entre otras, los agrocombustibles, para garantizarnos una calidad de vida compatible con el desarrollo sostenible al que aspiramos todos los habitantes del planeta.

Pero, en segundo término, se requiere la participación activa de cada uno de quienes integramos la población mundial de la Tierra; pues no basta con pregonar nuestra vocación ambientalista. Es necesario pensar si nuestro estilo de vida es el más adecuado; esto es, establecer nuestro  compromiso con un tipo de desarrollo que garantice la permanencia en el planeta de todos los seres que lo pueblan, sin afectar sus recursos naturales, y garantizando que las futuras generaciones puedan también disfrutarlo.  De esta forma estaremos cumpliendo con lo que constituye el principio básico del Desarrollo Sostenible, que hoy se pregona en el mundo entero como una exigencia urgente e inaplazable de la humanidad.

Esto bien puede lograrse mediante el cambio de hábitos, como el ahorro de combustibles y electricidad; la minimización de la producción de residuos, a través de la reparación, reutilización y reciclaje de los productos que adquirimos; haciendo uso racional de la naturaleza, permitiendo la regeneración y aprovechamiento de sus recursos, así como propagación de especies vegetales y procreación de individuos de la fauna silvestre, que contribuyan a mejorar las condiciones ambientales de nuestro entorno inmediato, pues con un ambiente sano y grato todos ganamos.

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