Gilberto Carreño / Periodista ambiental

De una preocupación de la humanidad ante los visibles daños sobre los seres vivientes causada por la progresiva penetración de los rayos ultravioleta, provenientes de la radiación solar, sobre la superficie de nuestro planeta, surgió en la década de los años 60 la idea de prestarle atención a lo que sucedía en esa escala inferior de la atmósfera terrestre conocida como la estratósfera.

Ocurría que por encima de la tropósfera, el nivel de la atmósfera con el que tenemos contacto directo, donde se encuentra el aire que respiramos y  se desarrolla la vida en la Tierra, se producía un debilitamiento de esa especie de manto protector contra los rayos UV, que conocemos como la Capa de Ozono: su grosor disminuía y entre los efectos en los seres humanos se detectaban severas afectaciones sobre la piel, como el cáncer (melanomas), envejecimiento prematuro de la epidermis; deficiencias visuales, procesos tumorales y afectación del sistema inmunológico; así como alteraciones en los ecosistemas, con consecuencias sobre las cadenas alimenticias en mares y océanos, y afectación de los cultivos agrícolas y a la fauna silvestre.

Sobre la contaminación que afecta a la atmósfera terrestre es preciso tener presente que, además de aquella que ocurre en la tropósfera, por causa de la acumulación en su periferia de los llamados “gases de efecto invernadero (GEI) y que tiene como consecuencia el muy pregonado Cambio Climático, el debilitamiento de la Capa de Ozono tiene características muy particulares y generalmente menos conocidas entre el público.

A diferencia de los que determinan el efecto invernadero, combustibles de origen fósil (petróleo, carbón y gas), creados por la propia naturaleza, los gases que afectan a la capa de ozono tienen una procedencia industrial: son fabricados por el hombre especialmente en función de su confort; se trata de gases sintéticos comúnmente identificados como clorofluorocarbonados (CFC), empleados como refrigerantes, propelentes de aerosoles y espuma de goma, así como agroquímicos, entre otros.

Como su nombre lo indica, esa capa protectora recibe su  nombre del ozono estratosférico, para distinguirlo del ozono común que encontramos en la tropósfera y que puede resultar dañino al contacto con los seres vivos, y el cual se forma por la acción del sol sobre el oxígeno. Es decir, agrega al oxígeno (O2) un átomo más, para convertirlo en O3. Luego, activado por los compuestos naturales de nitrógeno presentes en la atmósfera, adoptan una característica de estabilidad que les permiten permanecer en la estratósfera, nombrada también como ozonósfera.

Sin embargo, por efecto de la emisión de los mencionados gases clorofluorocarbonados, además de los pesticidas gaseosos utilizados en la producción agrícola y de los halones usados para los extintores, al ser liberados en la atmósfera ascienden y se descomponen por la acción del sol, permitiendo que uno de sus componentes químicos, el cloro, destruya las moléculas del ozono.

La detección de este fenómeno es especialmente atribuida a los físicos franceses Charles Fabry y Henri Buisson, en 1913. Sin embargo, no es sino a partir de los años 60 cuando la comunidad científica mundial activa la alarma para advertir sobre lo que para el momento se planteaba como uno de los más serios desafíos ambientales: el adelgazamiento de la capa de ozono. A partir de entonces, este ingresa a la temática de los problemas globales, hasta lograrse un acuerdo mundial plasmado en el conocido Protocolo Mundial relativo a las sustancias que agotan la capa de ozono, y que arrojó como resultado que a partir de 1996 los países industrializados cesaran la producción y el consumo de una proporción apreciable (alrededor de 75% en los últimos 10 años) de todas las sustancias destructoras del ozono. Se estima que como resultado del Protocolo, 1.5 millones de casos de melómano cutáneo causados por la radiación ultravioleta B del sol se evitarán antes de que finalice el año 2060.

Sin embargo, la alerta se mantiene, y de allí que desde 1994, por  mandado de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que instituyó el 16 de septiembre como Día Internacional de la Preservación de la Capa de Ozono, con el propósito de promover las actividades relacionadas con los objetivos del Protocolo de Montreal y sus enmiendas, traducidas entre otras en la concienciación de la humanidad sobre la importancia de velar por la preservación de este recurso planetario, disminuyendo la producción de los gases que puedan afectarla y buscando mecanismos alternos de provisión de productos y servicios.

Twitter: @CIRCULOAMBIENTE

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